viernes, 18 de diciembre de 2015

3.0

A mi no me traumatizaba especialmente tener treinta años. No era un número que evitase a conciencia aunque, bien es cierto, que tras más de seis meses conviviendo con él, se me sigue haciendo raro pronunciarlo (referido a mi persona). Será porque a partir de cierta edad, salvo en encuestas y visitas médicas,  no es tan común que te pregunten cuántos años tienes, disociándose la cifra por completo. A veces también dudo de en qué año vivo y he de pararme a pensar si esa lata de atún (¿es 2016 ya?) está o no caducada, pero eso es algo más personal; o alzhéimer precoz, o algún efecto secundario de internet y su dispersión (teoría conspiranoica que espero que alguien esté estudiando, no sólo van a vivir de perros que cagan alineados con el campo magnético…)


No me traumatizaba, decía, desde el punto de vista de la vejez. Supongo que es fácil decir esto en un tiempo en el que los treinta distan mucho de ser “los treinta” de hace un par de décadas. En mi círculo no están todos criando hijos ni pagando hipotecas, ni siquiera han engordado. Es más, precariedad laboral aparte, creo que estamos todos más buenorros. Tal vez lo más significativo de esta edad sea el verificar los planes que tu yo-niño tenía preparados para su futuro, bien listaditos en su diario. Yo tendría que ser veterinaria, vivir en una especie de granja con puertas secretas y conducir un Mégane Coupé Amarillo descapotable. Así como en aquel entonces hubiese jurado que jamás sería rubia (ya no pondría la mano en el fuego… a excepción del rubio blanco de Los niños del maíz), podría asegurar a día de hoy que en la vida elegiré un coche amarillo (ni descapotable). Al final los aspectos prácticos se imponen y es mejor que sea pequeño para aparcar y no muy llamativo, como seguro ante el mal karma que llevan algunos. ¿Perros, gatos, gallinas y una (a lo mejor) cabra cuentan como granja? Porque eso sigue en pie. Vamos a mantener los sueños, sobre todo los que generan amor infinito.


Así que, físicamente no soy una vieja pero las resacas son mucho más duras, me levanto con bolsas en los ojos, mi estómago me pide potajes y presto atención a los médicos de Saber vivir si se cruzan en mi desayuno. Derivado de esta tendencia a leer artículos sobre achaques y arrugas es irremediable que se te cruce ese otro relacionado con bebés y relojes internos. Creo que al mío no le han puesto alarma porque el sentimiento dominante es de alivio al saber que nadie depende de mí (salvo mi perra Ronda) pero, al mismo tiempo, me preocupa saber que inicio mi cuenta atrás de posibilidades óptimo-chachis de embarazo. ¿Y si cuando realmente quiera, ya no puedo? Es un cambio de vida demasiado importante como para tomarlo a la ligera pero, al mismo tiempo, es edición limitada (lo tomas o lo dejas). No sé, parece que siempre se está tiempo de aprender a tocar el piano o de mudarte a Alaska, en cambio duplicarse siendo mujer cuenta con una fecha de caducidad muy estresante. Al menos en los momentos en que lo piensas que, en mi caso, no son demasiados. Antepongo futuribles nombres de mascotas a cualquier versión humana… Igual eso lo dice todo, ¿no? A fin de cuenta, ser dos me da toda la felicidad y cero incertidumbre que necesito en estos momentos, por lo que dejaré la revisión de imposiciones vitales para otro número más lejano. 

Lecturas 2015





martes, 3 de marzo de 2015

señor barnes, le quiero

Hay días en los que me gustaría ser lo suficientemente rica como para poder comprarme todos los libros de Julian Barnes de golpe. Luego lo pienso un poco mejor y me consuelo con la idea de que la dosificación por economía alargará la experiencia dado que, irremediablemente, llegará un momento en el que dejará de escribir, no por falta de inspiración sino porque se morirá (doy por hecho que voy a sobrevivirlo por pura estadística), ¿y a quién leeré entonces? No, reformulo: ¿a quién leeré entonces con tantas ganas? Podría pensar que lo que me ocurre con Barnes ya me pasó con otros en el pasado y he ido obteniendo sustitutos (oh infiel) de mejora exponencial, por lo que podría dejar abierta la puerta a la esperanza peeeero, voy a cumplir treinta años.

Cumplir treinta está bien, más cuando la mayoría te echa veinticinco y mejor cuando la única alternativa es estar muerto. No obstante, hacerse mayor parece llevar adherido un menor número de oportunidades para todo, incluida la capacidad de fascinarse fanáticamente con escritores. Como si repetir la experiencia la desgastase o, para que no suene tan mal, se refinase, haciéndonos más selectivos y menos impresionables. La parte positiva es que se llega a algo de mayor calidad pero con su reverso insatisfactorio por el que, de tanto filtro, hay menos lugar para la excelencia.

Supongo que ansiar un estado más primigenio es como envidiar la felicidad de los tontos, que siempre me ha parecido de poca admiración porque si hay algo que me agobia en esta vida es el estarme perdiendo cosas por no tener la capacidad de admirarlas, entenderlas o, directamente, por desconocer su existencia. Así que conformarse con menos no es opción pero, ¿no habrá algún tipo de reseteo vital? Aunque sea cíclico...

Pensando en Barnes, con el amor pasa. Lo que su capacidad regenerante viene envuelta en química y favorecida por nuestra incapacidad  (y menos mal) de viajar en el tiempo para contrastar hechos-sentimientos. Un libro da muchas satisfacciones pero no es equiparable. 

Por lo que igual sí que pasa pero sólo con lo (más) importante.


julian barnes love cat le quiero gatos escritor

martes, 9 de julio de 2013

cuento tonto de domingo desde un móvil en el mar

Y en realidad, ¿qué era lo peor que podía pasarle? ¿Rechazo? Un dolor pasajero que, al menos, mutaría del ya existente que, si bien no podía calificarse de sufrimiento, se le parecía bastante. Y habría un motivo, uno perceptible que, al ser real, medible y analizable, ofrecía mejores curas. Regodearse en la angustía de lo que podría ser nunca le había gustado, cansada como estaba del tormento autoinfligido de los que sí querían acercarse.

Pero hacerlo tangible ponía luz a aristas y pasajes que se habían acomodado a no existir, sin dejar de engordar por ello. Los miedos no nos dejan. Puede que las derrotas pasadas se diluyan y los testigos se alejen pero hay que practicar mucho para enterrarlas. Y nunca se le dio tan bien el autoengaño, consciente como era de cada pensamiento, con esa manía de reseñarlo todo, como si fuese a importarle a alguien alguna vez... aunque esperando, contradictoriamente, equivocarse.

Porque era posible, lo había vivido; eso sí, desde el otro lado, del que idolatra y quiere conocerlo todo para hacer suyos incluso los momentos donde no tuvo lugar. No por controlar, no por celos, creía en las distancias pero captada su atención, le costaba no hacerse una experta y estudiar cada fisura que, a más pequeña, más interesante. Lo que no cuentas suele ser lo más significativo. A nadie le gusta desvelarse completamente, no es seguro y es lo primero que aprendes y lo que más te prometes no volver a hacer, sin éxito, porque que alguien te conozca y hasta te prediga, es bonito o lo parece, desde el punto de vista de lo hipotético y las suposiciones; tampoco creía que fuese a pasarle ni aseguraba que pudiese gustarle. Ser "el que quiere más" le parecía el mejor de los lados, aun siendo el más frágil, porque mientras durase, habría significado algo; algo para ti, que es la única certeza posible en estos casos. No sería para siempre pero no tenerlo presente desde el principio lo hacía más llevadero. Más auténtico, tal vez.

Quizás por eso desechaba las evidencias y las declaraciones directas; quería ser la parte que embauca y no la que tiene que dejarse convencer: la ciega. O igual era simple sabotaje, optar por imposibles te convence de que lo has intentado y te deja en letra muy pequeña un "sabías que nunca sucedería". Esperaba no ser tan imbécil.

Lanzaba pequeñas pistas con el convencimiento de que, si debía ser, las descifraría. Igual no quería adivinarlo. Igual ya lo había hecho. La ausencia de respuestas podía ser una contestación en sí misma. Todo tenía cabida, por lo que era mejor no hacer nada. De momento.

Si todo tenía que morirse, esto no sería una excepción.

lunes, 18 de marzo de 2013

El amor en espacios pequeños…

… O el amor en Canarias. No sé cómo será en otros mundos pero fantaseo con la idea de que los amantes potenciales, más allá de estas islas, no comparten ningún nexo de unión con tus familiares, vecinos, amigos o, peor aún, con tus amantes pasados y/o futuros. Donde cada relación es un nuevo comienzo sin reencuentros fortuitos en bodas u otras ocasiones de mayor atragantamiento. Ya dejamos un feo historial de relaciones pasadas esparcido por nuestras webs-cadáveres que se reemplazan como para, además, tener que encontrarlas en el mundo real, una y otra vez, como un combinado de El día de la marmota y El diario de Patricia: sabes que ir es una mala idea pero estás condenado a repetir apariciones.


Según la teoría de seis grados de separación,  cualquier persona del planeta puede estar conectada a otra a través de una sucesión de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios. También se le llama número Bacon, en base al experimento que tomó a Kevin Bacon como referencia para unirlo al resto de actores que aparecen en la base de datos de IMBD (Internet Movie Data Base), donde se descubrió que el  número de saltos no suele ser mayor de 6 ó 7 (entre los más de 700.000 existentes). Uno se queda perplejo y ansioso, especialmente al tantear las posibilidades de acercamiento con ídolos y celebridades, pues todos llevamos un fan dentro con mayor o menor ansia de stalkeo. Hasta que te detienes a pensar, haciendo un breve recorrido mental de tus conocidos y sus conexiones, por verificar el estudio en un formato más de andar por casa y, te indignas. ¿Seis grados de separación? ¡Aquí todos somos Kevin Bacon! Así, directamente. Por eso tu nuevo novio resulta ser el primer amor de tu amiga de la infancia (ahora recuperada por facebook), quien jura odiarte con el puño en alto mientras tú te ves obligada a devolvérselo,  imbuida por una especie reciprocidad absurda  y porque, bueno, a ti nunca te regaló un arcoíris coloreado con plastidecor.


Esta endogamia amorosa es todo un drama, del primer mundo pero drama. Si a esto le sumamos el hecho de que, ya de por sí, es difícil dar con gente interesante, se convierte en el santo grial esperar que, además, se ajuste a tus gustos disconexos, curtidos en años de ensoñaciones tipo: Que adore los gatos, que tenga barba, que no diga que Rocky Horror Picture Show es una mierda, que escriba bien, que le guste Sinatra y lo ponga en nuestro viaje por carretera de tres meses persiguiendo atardeceres poéticos donde demuestre que toda su profundidad y encanto no son una pose y que te quiere mal peinada y con resaca, tanto como a su perro (aunque no más), porque es sensible sin ser cursi y tiene talentos mil con los que obnubilarte e instruirte, respetando tu espacio pero sin dejar de incluirte en sus planes, en un perfecto equilibrio que queda confirmado por su voz de Eddie Vedder del 92. Respiro. Sí, seguramente no exista pero aquí, además, sería tu primo.


domingo, 30 de diciembre de 2012

consecuencias del domingo



El orgullo, ¿sirve para algo? ¿O es un bonito autoengaño con el que nos remendamos los idiotas? Me engañó, me estafó, me atropelló con el coche y se llevó a mi perro pero cuando me pidió volver, le dije que no, por orgullo. Porque, desdramatizando, el orgullo es la consecuencia final de un gran desastre (o lo intangible que arrebata) y, casi siempre, la gente que traga, termina ganando y el que da la cara y se mantiene fiel a sus valores, se queda con expresión de tonto y con todos sus valores, intactos y juntitos, para jugar. Solo pero eh, orgulloso.

¿Vale la pena?

El que se vende, miente y traiciona seguramente tenga una casa más grande, un trabajo mejor y una mujer más guapa. ¡Cosas materiales! ¡Ella no lo quiere!, dirá el coro de vocecillas orgullosas. Lo sé. Pero ser honrado, coherente y cumplidor no te da ningún premio kármico, tu mujer se irá con otro, tu jefe te puteará y tu integridad no te dejará cobrar por debajo de la mesa. El siembra y recogerás vale para los cuentos de navidad y para las películas en blanco y negro, ah, y para el orgullo, el lamer de heridas de los desechos.

Tantos encierros voluntarios, tantos enfrentamientos inservibles; tantas oportunidades y tantas personas, denegadas, por fidelidad y por rendir cuentas con uno mismo… por orgullo y para nada. He cambiado, puedes decir. Cambiar se asocia con algo positivo, es la excusa perfecta, el eufemismo enmascarador más fiable, porque se recubre de crecimiento y mundo interior y no importa la medida, prima la libertad. Cambia cada día, cada hora, está aceptado. Pero qué le vamos a hacer, en el fondo soy una subespecie romántica que le ve las orejas al lobo, la peor combinación. Así que mejor que nadie me haga caso aunque seguiré esperando, justamente, lo contrario.

sábado, 22 de diciembre de 2012

dependencia subliminal



Leo: Cuando cruzas la delgada línea que separa Bridget Jones de Misery; cuando te pones una alarma que avise de los cambios sentimentales en facebook; cuando sabes qué película ponen los sábados en Divinity… ¡peligro! Es hora de pasar a la acción. Porque por dios, no vas a quedarte soltera en plenas fiestas, inmersos como estamos en el renacer maya, el fin del mundo de videntes-906 se celebra en pareja. Eso sí, como aconseja Glamour, no raptes ni amordaces a tus citas pero tampoco esperes al señor Darcy. Mi consejo: tirar por la senda de Carrie/Amelie, mostrarse dulces y encantadoras y, si esto falla, matarlos a todos mediante un festival de pirotecnia, que queda muy lucido y va a juego con el apocalipsis, tan en boga esta temporada, super trendy.

Ten pareja, ten pareja, ten pareja, ten pareja, ten pareja, ten pareja, ten pareja, ten pareja, ten pareja, ¿te ha quedado claro? Nada podrá hacerte más feliz en esta vida. Eso sí, como aparentemente, eres una mujer moderna con síndrome Carrie Bradshow, debes seguir el eslogan de Desigual mientras tanto y tirarte a tujefe a la menor ocasión y hacer un trío con un buzo, un surfista y, si puedes, añade un sireno. Libérate sin dejar de esperar a tu hombre. La cuestión es, no quedarse sola nunca, JAMÁS. Porque no se puede dar amor si no te quieres a ti mismo primero, es lo que debes soltar a tu presa durante el café, para aparentar madurez e independencia pero sólo eso, aparentar, nunca te desvíes de tu máxima: no quedarte sola. Y he dicho café porque Glamour recomienda no beber en la primera cita: ¿Crees que el alcohol te ayudará a desinhibirte? Quizá demasiado. Hablar más de la cuenta es sólo el principio: mencionar a tu ex, revelar secretos lamentables… Puedes continuar haciendo añicos tu imagen y quizás termines haciendo algo de lo que te arrepientas a la mañana siguiente. Amigas de Glamour, si nuestra anónima muchacha va a comportarse así como consecuencia de dos copas, no está preparada para tener una relación, tiene mucho que resolver antes. Pero aquí no importa estar bien, importar simular estar bien, ya se comerá tus problemas psicológicos tras la boda. Fachada, imagen, una carcasa bonita camuflada por Dior. ¿Pensar? ¿Capacidad crítica? ¡Así nunca conseguirás marido, ilusa desfasada! Mejor vete a la página 32 y estúdiate “Cómo ser sexy hoy”, con especial énfasis en el “hoy” que hay que estar al día en la sexicidad y el buenorrísmo, reciclaje continuo de lo efímero.

domingo, 9 de diciembre de 2012

el ciclo de la decepción



Cuando tenía 14 años decidí que mi hipotético novio me compondría una canción imperecedera y atemporal que calaría en los corazones del mundo que se preguntaría obnubilado: ¿en quién pensaría? ¿para quién la compuso? Y la respuesta secreta sería: ¡yo!

A medida que pasaba el tiempo, me conformé con que supiese tocar la guitarra y me dedicase una canción compuesta por otro pero re-descubierta para mi, que terminó mutando a: mira, si me graba un cd personalizado será el hombre de mi vida. Esperando, inicialmente, la dedicación de Rob en Alta fidelidad y terminando, solamente, por desear que no incluyese aquella canción que era “su canción” con su anterior novia.

Lo malo del ciclo de la decepción es que, como ya sabía Disney, es un ciclo siiiin fiiiiiiiiiin, que lo envuelve tooodoooooooo. Haciendo especial hincapié en el “sin fin”, hecho clave que consigue que, reducidas todas tus expectativas románticas, se produzca un fenómeno insignificante (léase: te paso un link de youtube) que reinicie desde ese extremo enfangado que es tu miseria personal, el ciclo de la decepción. De este modo, mañana será un mp3 en el correo, pasado una lista de spotify y, un tiempo sin estimar más tarde, vuelves a necesitar un concierto masivo con fans que deseen ser tú. Como quise ser Beth en el unplugged de Pearl Jam, apropiándome del we belong together que le cantaba Eddie Vedder.

Pero el ciclo de la decepción, aunque infinito, supone un desgaste, como con cada división celular se producen pérdidas; acortamiento de telómeros dirían las personas cultas, destino decadente es con lo que me quedo yo. Porque si hay senescencia celular, hay muerte programada de las ilusiones, interrumpida por algunos interludios, sí, pero éstos suelen valer menos que el deterioro, quizás porque el dolor tiene más facilidad de arraigo y como estado comatoso que es, cuesta más salir de él. Y mucho peor, te acostumbras. Pero a lo bueno también, por eso deja de ser bueno y se convierte en superable.

¿Cuántas de estas réplicas puede soportar una persona en su vida hasta sentirse muerto, hasta ya no querer volver a empezar nada?

domingo, 25 de noviembre de 2012

tutorial: un hombre de verdad y no mario vaquerizo

La rebeca, además de nombre de pérfida mujer, nos protege del frío a jóvenes y abuelas, acortando distancias entre generaciones. Si vas de retro-moderna-vintage o te crees una mori girl de los bosques, más.

Pidiendo a gritos la paliza de un corro de niñas scout
Que Kurt Cobain se pusiera una, valía. En un unplugged con velas y aura de voy a suicidarme, era coherente. Pero en un hombre, de los que esperas que te abran los tarros de mermelada, JAMÁS. Así seas un espartano de voz gutural y lo complementes con curtidos y engrasados abdominales al aire. ¡No importa! Con una rebequita tendrás aspecto de gatito-bebé incapaz de sacar las uñas. E igual es su meta, caballero, en cuyo caso no siga leyendo.

Tampoco hace falta ser Humphrey Bogart: impertérrito e inescrutable. De los que entierran a su perro sin soltar una lágrima y lo superan con whisky, tabaco y una mujer a la que no darán explicaciones: 

-Cuéntame lo de tu perro, Humphrey

-No -contestará él. Y no habrá más disputa. Es Bogart.

Qué dónde está el punto medio, te preguntas. Acotemos distancias con un sencillo ejemplo:

-Entre Bogart en Casablanca y Hugh Jackman en Scoop: te quedas corto.

-Entre Hugh Jackman en Scoop  y Hugh Jackman en Australia: eres el hombre perfecto.

-Entre Hugh Jackman en Australia y Hugh Jackman en Kate & Leopold: te pasaste. Tómate una copa en las sombras y sigue intentándolo.

péplum-lámpara-kardashian
Hombres del mundo, ¡no las uséis! A menos que sea para asomaros al porche que no tenéis y contemplar la puesta de sol de vuestro último día en la tierra, por el capricho de dejar un cadáver indigno. No hagáis caso a las revistas, a nosotras ya nos cuelan mierdas como pantalones cortos que asoman el forro de los bolsillos o el péplum, esas camisetas con faldón incorporado que sólo favorecen si no te has desarrollado con formas de mujer. Es decir, si eres un niño desnutrido de 7 años. ¡Vosotros aún podéis escapar!

Anteponed una hipotermia, solemne y masculina, a dudas del estilo: ¿Puedo ponerme la rebeca con pantalón corto? ¿Abierta o cerrada? En verano no es nada estético ir con la rebeca cerrada, sobre todo por temas de salud y calor. ¿De verdad queréis sentir insultada vuestra inteligencia de ese modo?

Pensad en el teorema de Ethan Hawke:

Ethan Hawke iba con chupa de cuero en Antes del amanecer, donde resultaba abiertamente gilipollas con todo aquel discursito trascendental de profundidad ensayada pero eh, no llevaba rebeca, lo que te permitía perpetrar ensoñaciones compartidas con la francesita en el tren.

Ethan Hawke llevaba chaqueta, de pie sobre aquel pupitre oh-capitán-mi-capitán y recitaba poemas, circunscribiendo la delicada frontera entre una sensibilidad atrayente y la endeblez anti-erótica que delimita, justamente, la ausencia de rebeca.

Ethan Hawke hace un truño como Sinister y, no conforme con eso, se planta una rebeca de punto grueso, de esas que tejen las abuelas y te pones por compromiso cuando vienen a verte. Justo ésa. Y no se la quita en toda la película. Entiendo que se hace mayor, tiene facturas que pagar y otros sueños de grandeza pero, ¡no destroces un mito adolescente, Ethan Hawke! Yo busqué tu nombre en los créditos de aquel cine. Piensa: Colmillo blanco, El club de los poetas muertos, Reality bites, ¡Gattaca! Todas sin rebeca, ni casa encantada, ni niños muertos.


-Quiero el divorcio.
-¿Es por mi rebeca?
-Ethan, yo llevo una camisetita de verano y tengo un aspecto saludable. Tú pareces un cadáver y llevas una rebeca con coderas... ¡todo el tiempo!
-Tengo frío.


-¿Frente a la hoguera también?
-Sí... ¿quieres un poema?
-Que te den, Ethan.

 
-Bruadsrrebrhjbgbuu


Moraleja: Las rebecas rompen vidas, rechazadlas, sed hombres de provecho. 

domingo, 18 de noviembre de 2012

retro amor y sugestión a la esquizofrenia

Antiguamente, cuando alguien te gustaba o creías que gustaba, porque sólo os habías cruzado una vez en, no sé, el baile del estampado, lo cual era suficiente en una sociedad con tiempo y predisposición a la fascinación; donde un tobillo era obsceno y el baile del estampado, repito, el evento del siglo (y tu abuela va a revivirlo en consecuencia). Una época donde había una estrategia, sin pérdidas, consistente en acercarte a la carabina de turno, con pose de buen muchacho y expresión de confianza que, con años de práctica, no requería necesariamente ser buen muchacho ni de confianza. De acuerdo, la carabina o, generalmente, la tía soltera, era un obstáculo importante, curtida en años de amargura por no haber alcanzado lo que se esperaba de ella (casarse, de blanco y por la iglesia), podía tomar represalias para sectarizar sobrinas y asegurarse compañía en el futuro pero eh, un intermediario amortiguaba la sensación de rechazo. No es ella, es su malvada tía Eufrasia; aún puedo luchar por su amor. Normalmente no había lucha, ni prueba, ni nada, porque nuestros abuelos también eran dispersos, así como Romeo se olvidó de Rosalina por encontrar un 0,2% más receptiva a Julieta.

Pero era bonito, pedirle bailar, pañuelo en mano para que la traspiración del inusual roce no restase romanticismo al momento: te suda la mano, querido, a borbotones. Todo estaba previsto para relatar, debidamente, la historia a los nietos. ¿Qué contaré yo a los míos, en cambio? Y cuando digo nietos, digo gatos (o gatos robot).

Por mi parte, padezco un desfase considerable en esto del cortejo, con una importante divergencia de velocidades, focalizado en la planificación: fases, fases y más fases. Avances imperceptibles y mucho de creación propia, fantasía que empieza por pequeños retoques y termina escenificando Lo que el viento se llevó que, claro, en contraste con la realidad, termina siendo forzosamente decepcionante.

A falta de carabinas que medien por nosotros, tenemos internet. Si es descuidado, puedes descubrir si tiene intereses sexuales extraños, como lamer sobacos mientras mira puentes; o a su alter ego de los foros, furioso y bronquista. También puedes analizar sus listas de spotify y buscar el patrón recurrente de exnovias, recorriendo todas las fotos a las que tienes acceso. Todo bastante psicópata pero oye, mejor que la tronada seas tú y no él.

Y luego está instagram, ah instagram. Ese diario de comidas, mascotas y autorretratos de baño y probador. Un consejo, hacerle un te gusta a sus fotos, aunque se realice mediante un corazón enorme que parpadea en pantalla, cual declaración natural de TE AMARÉ POR SIEMPRE, no funciona. ¿Por qué? Porque a diferencia de nuestros abuelos, no tenemos un protocolo de conquistas. Así, si te pisa repetidamente en un bar o te echa una copa por encima, significa que te quiere, aunque parezca lo contrario. Es más, si hace como que no le importas, también te quiere. O realmente es que no le importas pero cómo vas a saberlo tú, en un mundo que hace un uso indiscriminado de corazones y donde reina la satisfacción inmediata de usar y tirar. Tampoco pretendo que Jude Law me cuele una foto suya en un libro, en modo postmortem-granulado-sepia, y que eso lo haga esperarme 4 años, con guerra e insinuaciones de Natalie Portman de por medio, no. Sé que el Jude Law actual se parece más al Daniel Wool de Closer, que se encapricha de Julia Roberts y no sabe lo que quiere, obligándonos a nosotras, pequeñas Alices de la vida, a rehacerlo todo; sólo que sin cámaras lentas, ni Damien Rice que nos ambiente, por las calles de nuestro barrio en lugar de la Quinta Avenida y tirando de mp3, con el kinki aleatorio como único fan que se volteé a mirarnos.

Moraleja: Ignoremos la realidad, viva la esquizofrenia autoinducida.