sábado, 5 de noviembre de 2016

la señora mayor que llevo dentro

De pequeña me gustaba colarme en la mesa de los mayores y escuchar sus conversaciones. En mi familia fui la primera hija-nieta-sobrina y a esas edades tan tempranas, las diferencias de años se vuelven abismales. Esto, unido al hecho de que la sección completa de hermanos y primos es íntegramente masculina, aumentó la sensación de lejanía: no quería ponerme con los niños.

Recuerdo ser tremendamente feliz cuando llegó el año en que por fin decidieron dejar de separarnos en bodas, Navidades y otros eventos. Los demás tuvieron la opción mucho antes que yo, y sin batallas, pero ésta es una constante en la vida de los hermanos mayores. Nos toca allanar el terreno.

Con el celebrado cambio accedí, por fin, a un trocito del universo adulto donde podía empezar a ser yo misma; lo que básicamente consistía en dejar salir a la señora mayor que llevo dentro. Sí, sé que en estos tiempos de idolatría a la juventud, ésta es una confesión que suena terriblemente mal pero es una percepción que no ha variado con el tiempo.



No dejaba de ser una niña con, todavía, un largo camino por recorrer. Disfrutaba imaginando y jugando como cualquiera pero también tenía una visión de las cosas, cuanto menos, peculiar; un poco desintonizada con mi tiempo. Contradictoriamente, no tenía ninguna prisa por crecer y traté de alargar mi parcela de infancia todo lo que creí conveniente mientras mis amigas renegaban de sus muñecas y se rellenaban el sujetador con papel higiénico. Pero por otro lado, quería alcanzar ese momento en el que pudiera conversar sin dudar del significado de algunas palabras, investigando y ampliando conocimientos por mi cuenta.


Todos los niños son curiosos y manifiestan su inquietud de un modo u otro. Yo sabía que mi eje de atracción se centraba en la palabra escrita y al principio leía a escondidas las revistas de mis padres sin llegar a entender la mitad (pero eso era parte del proceso) y aprovechaba cualquier oportunidad para ojear cuanto libro pudiese.

Los libros me salvaron en momentos duros. Fueron un refugio durante el período de acoso que viví en el colegio. Un salvavidas que mejoró cuando le rogué a mi madre que me comprase un diario. Al principio se negó achacando que era algo que iba a terminar por abandonar. Si hubiese tenido algún modo de demostrar la fuerza de mi convencimiento, como una radiografía de intenciones o un escáner de sueños, no lo habría dicho. Porque yo estaba segurísima de que iba a escribir, que necesitaba escribir, y que iba a hacerlo durante mucho tiempo.

De todas mis pasiones, ésta ha sido la única que se ha mantenido con una intensidad constante. No es un pasatiempo, es un mínimo imprescindible tan importante como respirar o comer. Por eso, llegar a vivir de ello algún día es una aspiración que ya he empezado a construir y que me esforzaré en levantar con la fuerza que conceden las certezas del deseo.


Sé que tanto leer como escribir son actividades en desuso, se están perdiendo pero todavía quedamos algunas almas viejas por el mundo que sabemos darle el valor que corresponde. Ojalá vayamos acercándonos y conectando. Desde luego yo y mi señora mayor interna, no vamos a desistir por mucho que la tendencia sea otra. Es lo bueno de haber tenido unas convicciones tan claras desde bien pronto. Los anclajes son duros y están reforzados, por lo que se mantendrán fijos pese a la fuerza de la corriente. 

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