lunes, 21 de noviembre de 2016

El feminismo como marca



Miley Cyrus criticaba, a raíz del estreno de SuperGirl, que las series usasen géneros en sus nombres. Un debate absurdo dentro del marco de lo políticamente correcto en el que Estados Unidos no hace más que abrir la veda opuesta a la cordura.

Es precisamente una serie con nombre de género, Girls, una de las que más ha hecho por romper tabúes sobre al cuerpo y la sexualidad de las mujeres. Un ejemplo más valioso que el de Cyrus con la lengua fuera y haciendo twerking mientras se roza contra todo, como en un ritual de celo.

El feminismo se ha convertido en una etiqueta manoseada y pervertida por la industria que ha aprendido que es un concepto que viene muy bien para hacer caja. Beyonce planta carteles monumentales con la palabra en sus conciertos. Lo cual no deja de ser una versión 2.0 del Girl Power de las Spice Girls y ninguno de estos ejemplos ha hecho algo verdaderamente significativo por la igualdad de género.



El marketing feminista se centra en lo superfluo y ni siquiera es capaz de captar bien el mensaje. Así, una lucha valiosa pasa a ser una demostración del “poderío de la mujer” centrado en exhibir cacho: porque puedo hacer lo que quiera, dicen. Siendo casualmente la opción mayoritaria de ese querer, un andar en bragas o dejar traslucir pezones. ¿Es eso lo que quieren las mujeres? ¿Ser las dueñas de su propia cosificación? El plan parece ser mantener una provocación constante donde las reacciones previsibles deben censurarse.

Cada cual es libre de elegir la forma de reivindicar sus derechos pero transformar pensamientos retrógrados a través del destape femenino, no sólo no es trasgresor a estas alturas, sino que no responde a lógica alguna. Parece querer decir: tenemos tetas y culo pero esto no puede condicionar nuestra valía, ni nos define de ningún modo. Entonces, ¿por qué centrar toda la atención en esas partes? Si el discurso que acompaña es otro, la estrategia me parece incoherente. ¿Cuál es el fundamento? ¿Anestesiar a los hombres a fuerza de empacho? ¿Conseguir que ni pestañeen cada vez que asome un pecho? ¿Y después qué?

Se ha vuelto una estrategia para llamar la atención, dando una vuelta más a la desnudez femenina, que esta vez se siente validada por ir (supuestamente) acompañada de un mensaje. Lo que ocurre es que el feminismo no es un simple hashtag, es algo que va respaldado de una serie de intenciones que trascienden más allá de escenificar el famoso cartel de We Can Do It!. Sus objetivos no se limitan al gesto de colocarse la etiqueta.

Y sí, el movimiento está de moda, vende. Sin embargo, utilizar este impulso para crear un debate que consiga verdaderos avances, sería lo deseable. Aprovechémoslo pero sin caer en el engaño, mercantilizándolo y dejando que sean los intereses de otros los que prosperen.



La igualdad convertida en carne

Lou Doillon, cantante e hija de Jane Birkin, decía en una entrevista: “Las mujeres tenemos que ir con mucho cuidado para no perder terreno. Por eso, cuando veo a Nicki Minaj y Kim Kardashian, me escandalizo. Me digo que mi abuela luchó por algo más que el derecho a lucir un tanga.”

La igualdad tiene un significado que trasciende más allá del cuerpo. Es conseguir equiparar derechos y costumbres, brindándonos a todos las mismas oportunidades sin que por ello tengamos que suprimir nuestras diferencias. Porque las tenemos y esto no supone minusvaloración alguna, todo lo contrario, nos enriquece. Virginia Woolf, referente clave del movimiento feminista, se apenaba por ello: “Sería una lástima terrible que las mujeres escribieran como los hombres, o vivieran como los hombres, o se parecieran físicamente a los hombres, porque dos sexos son ya pocos, dada la vastedad y variedad del mundo; ¿cómo nos las arreglaríamos, pues, con uno solo?” No se trata, por tanto, de unificarnos y mucho menos de repetir los errores que el otro sexo ha cometido con el nuestro.

Se respira a veces un ambiente de hostilidad hacia los hombres a los que se machaca con generalizaciones que, por suerte ya, no son norma. Claro que aún quedan aspectos por erradicar pero hacerlo con empatía es la mejor manera de reforzar los argumentos. Los hombres no pueden ser enemigos sólo por ser hombres. Sería como devolverles las mismas excusas que utilizaron con nosotras para infravalorarnos.

Las conductas ofensivas particulares deben recriminarse, y más cuando seamos testigos de ellas, pero adjudicar el papel de enemigo a la mitad del planeta conduce a repetir los mismos errores. Amparar este extremismo por considerarlo una especie de compensación por todo lo padecido, no es justificable. Es importante recordar que el éxito de esta lucha se basa en alcanzar una la alianza: estamos juntos en esto.




Belleza: doble rasero

Desconozco el momento exacto en el que muchas mujeres cayeron en la trampa de creer que andar medio desnudas en sus horas de trabajo era una cualidad reivindicativa. El papel de la azafata lleva tiempo existiendo, una chica mona que muestra el último modelo de coche en bikini o que hace girar las letras de un panel embutida en licra; cuando por fin se le concedió voz, esto no disminuyó ni un ápice su vertiente de mujer florero. Así, un grupo importante de presentadoras lucen escotes de vértigo y micro faldas junto a sus compañeros varones que llevan cerrado hasta el último botón de la camisa. Ellos monopolizan el ingenio mientras ellas interpretan el papel de chicas tontas que se tocan el pelo y fingen no enterarse muy bien de lo que está pasando. No todas las mujeres de los medios son así pero un número importante mantiene el estereotipo sin que resulte, cuanto menos, cuestionable. 

Esta actitud se normaliza porque sigue primando el doble rasero que da puntos a una mujer, no ya por ser guapa, sino por tener la obligación de serlo. Encontramos ejemplos en sectores donde la belleza no es ningún requisito, como la política, donde el descrédito de la mujer suele ir de la mano de las críticas sobre su aspecto.

La canciller alemana, Angela Merkel, se quejaba durante un congreso de empresarias en Berlín que durante años “mi corte de pelo fue objeto de discusión, al menos tan importante como mis convicciones políticas”. El diario Bild llegó incluso a hacer un fotomontaje de Merkel con distintos peinados para “invitarla” a cambiar. Una conducta impensable con cualquier otro político hombre.

En España, los comentarios machistas a candidatas o parlamentarias son también un arma utilizada por aquellos sectores más retrógrados de la prensa. Es el caso del columnista de ABC, Antonio Burgos, quien publicó a principios de este año un artículo titulado ‘Las flequis’, donde arremetía contra las mujeres del CUP y Bildu: “¿Por qué las tiorras separatistas, ora vascongadas, ora catalanas, ora de Bildu, ora de la CUP, han de ser tan feas?”. Un análisis generador de sarpullidos que encuentra en el debate del independentismo una excusa para denigrar a sus representantes con argumentos cavernarios: “No es que quieran separarse de España: es que quieren que las echemos. Por horrorosas y antiestéticas”.



Para Pilar López Díaz, profesora de Ciencias de la Información, esta conducta parte del rechazo: “las mujeres sufren más críticas porque no son bienvenidas en el terreno del poder”. A la presión de sus puestos deben añadir la de tener un aspecto acorde a los cánones, mostrarse ajenas a la moda parece invalidarlas para su profesión, ya que no están cumpliendo con la parcela de feminidad que les corresponde. Como si en las aspiraciones de toda mujer entrase el mostrarse siempre deseable.




Mensajes contradictorios

Las revistas que tienen un público femenino y que dicen ser abanderadas de la liberación de la mujer, son las primeras en hacer gala de esa contradicción. Los supuestos mensajes de aceptación y de quiérete cómo eres entran en conflicto con el plan de adelgazamiento de la página siguiente y las docenas de anuncios que prometen volverte más joven, más tersa, ¡mejor! (y menos tú). Las portadas se llenan de recetas: Aprende a ser sexy, Vuélvete inolvidable en la cama, Llévale a un orgasmo XXL,  50 formas de seducirle… Mil tutoriales centrados en agradar y conquistar a los hombres, como si nuestra felicidad y reconocimiento dependiesen de la valoración masculina.

Otras fomentan una competitividad dañina, enfrentando vestidos y haciendo zoom en las imperfecciones: unos pelos fuera de sitio, la flacidez de los brazos o la celulitis del muslo. Acompañados de carteles coloristas donde se pueden leer expresiones de asco, tipo “AARG”. Pillan a las famosas sin maquillaje o con expresiones raras para desmontar su belleza pero no de un modo constructivo sino en formato carroña. Alentando una falsa liberación de complejos.

Lo deseable sería demostrar que no somos perfectas pero sin que ello suponga un fracaso. No lo somos porque es imposible. Expresar asco y criticar sin piedad envía el mensaje equivocado. Se empieza por las actrices y cantantes, a las que despersonalizamos porque están lejos, pero se termina tratando con igual dureza a la vecina o a la compañera de trabajo. Lo que produce un doble efecto: por un lado, aumenta la imposición de encajar en el canon, con todas sus insalubres consecuencias; y por otro, nos convierte en verdugos, regularizando actitudes absolutamente dañinas. Ocurre sin que nos demos cuenta y aunque no lleguemos a verbalizarlos, son pensamientos que se cruzan por nuestra cabeza como un automatismo. De ahí que sea importante identificar estar inercias, para poder hacernos conscientes y frenarlas.



Nuevo feminismo

El nuevo feminismo tiende al dogmatismo, es sectario, de manera que impide a cualquiera discrepar o formular un punto de vista diferente: o estás conmigo o contra mí. Un extremismo impropio de un movimiento que lo que buscaba originalmente era un diálogo. No es una religión donde toca asumir el dogma que nos dan sin miramientos. En su evolución podemos participar todos siempre que las iniciativas sean respetuosas. En cambio, la respuesta inmediata ante cualquier diferencia, aunque venga de parte de una mujer, se anuncia como una victoria del Patriarcado. Otra más que cae en sus redes.

El problema de esto −además de la censura que provoca, pues da miedo expresar un punto de vista contrario−, es el hecho de que el mensaje se ha tergiversado. Dudo que todas las feministas compartan radicalmente el mismo punto de vista pero las que hacen más ruido, sí, y eso ha llevado a transformar el discurso. De ahí que muchas chicas rechacen el movimiento, por tenerlo asociado a un credo equivocado. 

Es lo que ha ocurrido con actrices como Shailene Woodley, quien dijo en una entrevista que no se consideraba feminista porque “Amo a los hombres y la idea de aumentar el poder de la mujer y alejar a los hombres de éste nunca va a funcionar, hace falta un equilibrio”. O la famosa interpreté de The Big Bang Theory, Kaley Cuoco, quien ante la misma pregunta respondió: “¿Está mal si digo que no?”. Y añadió: “Cocino para Ryan cinco noches a la semana, eso me hace sentir como una ama de casa y me encanta. Sé que suena antiguo pero me gusta la idea de la mujer ocupándose de su hombre”.



La deformación de su significado terminó por desencadenar un movimiento protagonizado por chicas jóvenes que se declaraban anti-feministas en Tumblr, fotografiándose con carteles donde escribían, con su puño y letra, sus argumentos para estar en contra. Frases enunciadas por un “No necesito el feminismo”, seguidas por líneas totalmente equívocas: “Porque no soy una manipuladora idiota jugando a ser víctima”, “Porque me gusta que los hombres hagan cumplidos sobre mi cuerpo”, “Porque no creo que ser mujer sea una desventaja”. Un suceso que prueba la mala información que existe al respecto, algo previsible, pues los medios jalean una vertiente del feminismo que hace más ruido pero que no por ello es la más representativa.


El feminismo no busca la superioridad de la mujer frente al hombre. Tampoco impide que tengas unos gustos tradicionalmente femeninos: puedes maquillarte o cocinar sin que eso limite tu sentido de la justicia. Porque al final, el criterio que prevalece es el de tener las mismas oportunidades y hacerlo sin necesidad de priorizar unas sobre otras. Es decir, no es más visionario prohibir el rosa o el jugar con muñecas, porque eso sería volver a caer en el patrón del direccionamiento. Basta con mostrar la amplia gama de opciones, sin necesidad de señalar ninguna como preferente.

Cada mujer tiene derecho a elegir si quedarse en casa al cuidado de los hijos o centrarse en desarrollar una carrera, o ambas cosas, peleando por una verdadera conciliación. Elegir si casarse o ser soltera, sin que ello produzca lástima, incomprensión o cualquier otra clasificación negativa. Decidir sobre cuerpo o vestirse acorde a su criterio y no para medir su reputación. Valorarse por ella misma y no por la opinión del hombre o las marcas.

Todas las elecciones son respetables si parten de la libertad personal y no vienen condicionadas por el entorno. Trabajar en eso, en el entorno que limita y direcciona, es lo importante. Lograr que las mujeres no sean las que tiendan a renunciar, o a ser juzgadas por sus decisiones, es el verdadero significado del feminismo. Y ante eso, ninguna mujer se atrevería a declararse otra cosa.




[Artículo publicado originalmente en CanariasAhora]


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