domingo, 16 de octubre de 2016

Deja que un libro te descubra

Me gusta pasear entre libros y recorrer estanterías sin un rumbo definido hasta que llega la señal que me hace detener el paso. Puede ser un color, una imagen o un nombre lo que me invite a acercarme y a tirar de su lomo; un gesto eternamente asociado a la apertura de pasadizos secretos. Y no es que los libros abran portales al uso, sino que más bien, tienen la capacidad de transportarnos a otras realidades. Con ellos podemos vivir experiencias que, seguramente, no lleguemos a experimentar en primera persona pero que, durante la lectura, haremos nuestras. A fin de cuentas, leer no deja de ser un medio para vivir muchas vidas en una sola.

Dos páginas al azar junto a la dedicatoria, se convierten en mi prueba favorita cuando me lanzo a la aventura de dejar que un libro me descubra. Un párrafo al principio, no necesariamente en la primera página y otro a mitad, para no desvelar finales. Las dedicatorias que dan la bienvenida, me dan una pista sobre el autor. A veces son generalistas o utilizan citas de otros, en ocasiones se vuelven asépticas listando nombres sin aparente prioridad; mientras que otras manifiestan una devoción que resulta, como poco, intrigante. Es el caso de uno de mis escritores favoritos, Julian Barnes, quien dedica todas sus novelas a su mujer con un sencillo: “Para Pat”. Descubrir esa constante pone en marcha la imaginación, porque esas dos palabras esconden una historia en sí misma (y el vínculo empieza a formarse, aún con tantos capítulos por delante).



Así, habrá libros que serán una extensión de nosotros mismos y a los que recurriremos para entendernos porque, muchas veces, parecen ser la recomposición ordenada de nuestros pensamientos. Un tipo de terapia asequible y siempre disponible que, desafortunadamente, cae en picado en favor de otras opciones más inmediatas donde reina la pasividad. Haciendo que la confesión pública de no leer haya perdido todo rasgo de vergüenza. Ya no es algo que esconder, a la espera de ponerle remedio, sino que es exhibido con orgullo.

domingo, 9 de octubre de 2016

Tengo 30 años, luego no existo

Sucede un fenómeno curioso cuando cumples los treinta; uno del que nadie te habla y que poco tiene que ver con la famosa “crisis de”. Es algo al margen de la preocupación por las primeras arrugas, el agravamiento de las resacas o el cálculo de los años fértiles. Va más allá de eso; tanto, que te sobrepasa hasta el punto de hacerte desaparecer: te evaporas. Fuera. Invisible. Una desintegración inmediata que está más unida a lo institucional y la estadística, que a la desaparición física del cuerpo.

Alcanzado el número mágico, entras en un punto muerto donde no eres lo suficientemente joven pero tampoco lo bastante viejo como para acogerte a algún tipo de incentivo o ayuda reservada a otros grupos demográficos. Se sobreentiende −al parecer− que a esa edad debes tenerlo todo resuelto y, tal vez, esto fuera cierto en otros tiempos sin crisis, donde no se exigía una formación concatenada y multidisciplinar. Esto es: una carrera (o dos), idiomas, máster y algún que otro curso sobre nuevas tecnologías y desarrollo de marca personal. Una preparatoria (te aseguraban) que permitiría tu entrada, amortiguada y entre algodones, al mercado laboral.



Claro que, alcanzar estos méritos requiere, como mínimo, tiempo; y a falta de un DeLorean, vas soplando velas y te plantas en unos veintimuchos, ignorando el largo recorrido que te queda por delante: una yincana de destreza e ingenio al borde del abismo, que empieza −como no− con la confección del que será tu currículum. Uno con el que inundas tu ciudad y los portales de empleo del país y aledaños. Seguido de una puesta a punto del perfil en LinkedIn e, incluso, de una visita al Servicio Canario de Empleo para obtener tu DARDE, un número mágico que cambia cada tres meses, sin que en tu vida cambie nada.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Virginia Woolf quiere verte escribir

La escritora Virginia Woolf recibió el encargo, en 1928, de elaborar una serie de conferencias que tratasen la relación de la mujer con la novela. Por aquel entonces, Woolf había publicado ya varias de sus obras más importantes, como Orlando o La señora Dalloway, siendo la candidata perfecta para analizar dicho tema.  Encontrando, a su vez, una oportunidad de oro para servir de ejemplo a las estudiantes que estaban abriéndose paso en la educación superior.



Como todos los inicios, la vida universitaria de las mujeres estaba llena de contradicciones. Empezaban a poder estudiar una carrera, cierto, pero no eran miembros de pleno derecho en las instituciones. Los contados centros que las admitían poseían recursos más que limitados, lo que se reflejaba en todo: desde los alimentos que consumían hasta los libros a su alcance. Si bien podían visitar el campus de las grandes universidades masculinas, seguían necesitando un justificante para poder acceder a la biblioteca. Algo tan sencillo como descansar en el césped, era también una actividad vetada, restringida a profesores y estudiantes destacados. Todos varones, por supuesto.

Un reglamento duro pero acorde con los tiempos, donde convivían a la vez movimientos progresistas y posturas de rechazo. El mismo año que Woolf defendía la igualdad de derechos, Cecil Gray  −estudioso de la música− afirmaba con orgullo: “Una mujer que compone es como un perro que anda sobre sus patas traseras. No lo hace bien pero ya sorprende que pueda hacerlo en absoluto.” Así de grande era el contraste en una sociedad que, a juicio de la escritora, estaba dividida por el miedo: “Cuando los hombres insisten con demasiado énfasis sobre la inferioridad de las mujeres, no es la inferioridad de éstas lo que les preocupa, sino su propia superioridad”. Pensar así proporcionaba una garantía de seguridad, de seguridad en sí mimos. Una cualidad que tiende a ser incierta a lo largo de la vida pero que logra anclarse cuando se da por sentada, asumiéndose como propia por el arbitrario hecho de pertenecer a un género determinado. Asegurarse de que la mitad de la humanidad está por debajo −aunque sea un espejismo−, da tranquilidad y alienta.

Durante todos estos siglos, las mujeres han sido los espejos dotados del mágico y delicioso poder de reflejar una silueta del hombre de tamaño doble del natural”, declararía Woolf durante la conferencia. Ésta terminaría convirtiéndose en un libro de título anticipatorio: Una habitación propia. O lo que es lo mismo, la necesidad de autonomía de la mujer a la hora de escribir. Una libertad que, según el discurso de la autora, se ve reflejada en dos cosas:


1) Contar con una habitación privada donde poder trabajar.

2) Y quinientas libras al año con las que subsistir.


A día de hoy pueden resultar peticiones lógicas pero no era tan evidente por aquel entonces. La mayoría de las mujeres que escribían, lo habían hecho en mitad del salón familiar, intercalando el trabajo con otras tareas y al reclamo de cualquiera que se presentase. Así lo hizo Jane Austen quien, además de no contar con un espacio privado en el que poder concentrarse, debía estar pendiente del chirriar de la puerta que anticipaba las visitas y le concedía el tiempo justo para esconder sus manuscritos.

viernes, 30 de septiembre de 2016

En ON: encendido y a tope

Como suele ocurrir casi siempre (o al menos, a mí me pasa), lo más difícil es arrancar. Ignorar los miedos y las trabas que nos tienen paralizados y lanzarse a ello; en plan suicida y sin buscar la red, solamente intentando nos desviarnos. Plantarle cara al papel en blanco (que impone más después de tanto tiempo) y frenar la autoexigencia. Con el trabajo, llegarán la mejoras.

Y este ha sido mi estado en los últimos meses: escribir, escribir y escribir. Poniéndome a prueba, ganando seguridad… también me han invadido los momentos de pánico, no voy a negarlo. Es algo con lo que tendré que luchar toda la vida pero, poco a poco, voy encontrando recursos y técnicas que me ayudan a evitar el colapso. Ya se recuperarán las noches de insomnio producto de la ansiedad, alargando las victorias que (todavía hoy) me fuerzo a hacer pequeñas. Estoy en recuperación de mi tendencia al autosabotaje (y aún me quedan algunos pasos).



Esta introducción tan dramática intentaba ser el preludio de la mejor noticia del año: ¡Voy a empezar a escribir opinión! Será una colaboración semanal, ¡y me han asignado los domingos! Para mí es el mejor día, porque lo tengo completamente asociado a la publicación de todos los grandes. No es que esto me convierta en uno de ellos (¡mis ganas!) pero sí que siento que estoy siguiendo su trazado, mientras chequeo sueños adolescentes.  ¡Choque de manos cósmico con mi yo de trece años!

La verdad es, que aunque deseaba que esto llegase, no esperaba que fuese a ocurrir tan rápido. Estas dos semanas han sido un altibajo emocional constante: asumiendo el rechazo para luego enfadarme por ello, al tiempo que pasaba a la celebración yonki que desencadenaba en un terror hiperventilante. Todo muy divertido.


Pero la oportunidad ha llegado, está aquí y no voy a apartarme. 

lunes, 5 de septiembre de 2016

Alaska: El fenómeno Chris McCandless

Era 1845 cuando Henry Thoreau renegó de su vida en el pueblo de Concord y se adentró en los bosques de Massachusetts con un propósito claro: Vivir deliberadamente. «Enfrentar solo los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que ella tenía que enseñar. Vivir profundamente y desechar todo aquello que no fuera vida para no darme cuenta, en el momento de morir, que no había vivido», serían sus palabras.

Durante dos años se trasladó a una cabaña, sumergida en plena naturaleza, desde la que trascribiría sus pensamientos. Un trabajo de introspección que vería la luz en Walden. La obra expresaba su deseo de escapar del exceso de civilización. La búsqueda de una vida más simple y carente de lujos pero donde la contemplación estuviera presente. Para Thoreau, la mayoría de la gente se limitaba a reaccionar sin mayores propósitos o posponiendo éstos a un futurible mañana. «No viven, sobreviven», diría. 

Este mensaje calaría hondo en otro soñador que también se cuestionaba el modo de vida que le habían marcado. Su  nombre era Chris McCandless. Recién licenciado en 1990, donaría todos sus ahorros y partiría hacia el norte de Estados Unidos, en un viaje sin fecha de regreso. Su historia se haría célebre a raíz de un artículo del periodista Jon Krakauer quien, cautivado por el personaje, recabaría más datos con la intención de conformar su futuro best seller: Hacia rutas salvajes. El germen que daría lugar al antihéroe en el que muchos se verían reflejados. 



martes, 16 de agosto de 2016

Alaska: retornar a lo salvaje

Descubrir nuevos mundos es intrínseco a la condición humana. Pasar la siguiente curva, ver que hay al otro lado de la montaña, ir más allá del río, cruzar el océano. Siempre un poco más lejos, en constante progresión hacia lo desconocido. Tal afán, muchas veces temerario y otras unido, necesariamente, a la cruda supervivencia, nos sigue fascinando.  De no ser así, igual seguiríamos medievalmente acorralados por los monstruos, del imaginario precipicio al final del horizonte.


Tras mapear mar y aire, seguimos aspirando a nuevos territorios: la Luna, Marte, la Galaxia, el Universo... Y así, previsiblemente, continuaremos avanzando en terreno extraño, colonizando planetas y, quizás, a otros. Forzosamente ocurrirá, que nuestro destino nómada se imponga, basándonos en la circunstancia inevitable que, dentro de miles de millones de años, extinguirá nuestro sol (si no agotamos el resto de recursos antes). Dejando a las visionarias Crónicas marcianas de Bradbury, en anecdótica excursión dominical. Habrá que ir mucho más lejos entonces. Así que, tal vez, mantener vivo el instinto explorador no sea tan malo.




viernes, 5 de agosto de 2016

Por eso todo el mundo debería leer a Virginia Woolf

Mis lecturas  siempre han sido aleatorias, siguiendo la dinámica establecida en casa, donde no faltaban libros pero sí orden o recomendación. No había jerarquía, vamos. Creo que la falta de clásicos en las estanterías tuvo la culpa. Obviados por una mezcla de miedo y tedio, salvo que tuvieran etiquetas tipo "Verne" o "Dumas", pues al haber sido descubiertas de niños, estaban a salvo de prejuicios.

Con esto no quiero parecer partidaria del lector esnob que, en su afán por diferenciarse, termina cayendo de lleno en otro molde igual de definido. Entiendo que cuanto más se lee, más se afina el paladar, pudiendo ser más críticos o, mejor dicho, contando con mejores herramientas de juicio. Pero para mí leer implica, necesariamente, disfrutar. Soy capaz de reconocer el valor de un determinado libro peeero, si se me empieza a hacer cuesta arriba acabarlo, no tengo ningún reparo en despedirme de Proust o Dostoievski, por muy Proust y Dostoievski que sean. A lo mejor dentro de 5 años volvemos a vernos... O a lo mejor nunca. Hay demasiados libros que leer como para emperrarse en acabar el top 100 universal, a toda costa.

No obstante, si son clásicos y han sobrevivido al paso de tiempo, es por algo. Así que está bien tenerlos como referencia y, cuanto menos, darles una oportunidad. Es un buen filtro cuando no se sabe qué leer.

En mi caso, el ir descubriendo autores geniales tan tarde, fue lo que me hizo ponerme las pilas revisando nombres. De ahí mi reto de leer, como mínimo, un libro de todos “los grandes”. Aumentar referencias, no por una cuestión de postureo sino para evitar, en la medida de lo posible, perderme nada.

Entre mis últimos descubrimientos tardíos está Virginia Woolf, cuyo nombre flota en el inconsciente colectivo, pero a la que yo no me había acercado por creerla,  esencialmente, una poetisa. Sí, lo admito, la poesía es mi gran tarea pendiente. Y créanme que me da mucha rabia no saber apreciarla. Siento que estoy ignorando una parte importante de la literatura pero lo intenté con Baudelaire y Sylvia Plath, con fríos resultados. El único que me hace no perder la esperanza es Pessoa. Con el portugués, el sinsentido desaparece y se me remueven un poquito las entrañas, por lo que puede ser que no todo esté perdido.


lunes, 1 de agosto de 2016

LAS HERMANAS BRONTË


El mundo de la literatura está lleno de conexiones, aparentemente casuales, que han terminado por desembocar en historias que parecían predestinadas a ocurrir. Como las que traería las tardes de encierro de un grupo de aristócratas en Villa Diodati, la mansión de campo de Lord Byron. El anfitrión propuso un reto a sus huéspedes, como pasatiempo frente al mal tiempo: escribir relatos de terror, tan en sintonía con el lúgubre clima de truenos y relámpagos que les había obligado a recluirse. De esta eventualidad nació el Vampiro, de mano de Polidori y el monstruo de Frankenstein, de Mary Shelley. Como si el azar hubiese seguido un orden secreto con la intención de propiciar la creación aquellos mitos.

La misma sincronía se produjo con las hermanas Brontë quienes, en 1847, alumbraron tres obras maestras de la literatura: Jane Eyre, Cumbres Borrascosas y Agnes Grey. Cada hermana creó un universo propio en aquellas páginas, inspiradas en algunos hechos biográficos que no tuvieron más remedio que aderezar y amplificar debido a sus escasas experiencias. Llevándose por tierra la idea de que, para ser un gran escritor, hay que vivir vidas épicas como las de Ernest Hemingway o Jack London. Sin apenas salir de su pueblo natal, las hermanas fueron capaces de componer narraciones extraordinarias acerca de las experiencias humanas más intensas. Llegando incluso a concederles, el final feliz que no pudieron disfrutar en carne propia.

Es llamativo observar como novelas que reflejan pasiones atemporales, son fruto de la imaginación de mujeres que no tuvieron la oportunidad de vivir tales romances en primera persona. Un regusto amargo y una sensación de injusticia recorren el cuerpo al recordar como Jane Austen o Emily Brontë tuvieron que relegar sus amores al terreno de la fantasía. Tanta sensibilidad canalizada en la escritura, no fue capaz de encontrar un atisbo terrenal sobre el que asentarse. De ver recompensada la transmisión de ensoñaciones que, aún hoy, se perpetúa entre sus lectores. Una maestría cimentada en fuero interno, que no llegó a materializarse en la experiencia; lo que, enseguida, inunda a sus lectores de porqués  incrédulos.

martes, 12 de julio de 2016

double check

La semana pasada tuve la oportunidad de dar un taller de creatividad a niños de altas capacidades. Era algo que me imponía muchísimo. No sabía si se iban a aburrir, si lo iban a entender, si les iba a gustar… Y además: eran niños. Mi falta de costumbre me hacía anticipar situaciones desastrosas.

Sin embargo, todas mis dudas se esfumaron a los dos minutos de empezar a hablar. No dejaron de hacer preguntas y observaciones, algunas muy locas y otras curiosísimas. Fue genial. Me encanta que no tengan filtro y vayan soltando todos los pensamientos que se les cruzan a mil por hora. No tienen miedo. Cero prejuicios. Y encima, asimilan como esponjas. Ah y esa capacidad de soltarse. De enfrentarse al papel en blanco sin temor alguno. Cualquier adulto dudaría, planificaría, tantearía opciones… Ellos no. Es digno de admiración.

El tiempo se me pasó volando, la verdad. Ojalá pueda repetirlo en el futuro :)



lunes, 27 de junio de 2016

esperando el pantallazo azul

Ella había ido enlazando temas que la ponían contenta, sentimiento potenciado por la cerveza de miel. Rememoraba recuerdos. No era de esas personas que ataban para siempre las canciones a momentos del pasado, inamoviblemente. Había excepciones, claro. Un mínimo de respeto era imprescindible −y recomendable− pero, ¿por qué no seguir prolongando una sensación positiva aunque ésta cambiase el reparto original? No tenía por qué renegar de ella. Sería injusto limitarla. Sobre todo por lo difícil que era encontrar esa magia y porque un instante de felicidad, no era exclusivo de un entorno.

Por eso las puso, esperando llenar de recuerdos nuevos la música. Fue algo espontáneo que, rápidamente, tuvo el deseo de ser contagioso: una epidemia que nivelase sus estados de ánimo. Algo presente. Importante.

No contaba con la impermeabilidad que conceden las pantallas y su capacidad de lanzar lejos a los que pueden tocarnos. Estaban juntos pero cada uno imbuido de sentimientos que ni se intuían. Encapsulados y ajenos, haciendo que aunque no había sido algo preparado, las expectativas breves, se dieran de bruces contra el suelo. 


Llegaron al final de Ryan Adams en ausencia del otro. La luz azul alumbraba ambas caras, resaltando la dirección de la atracción, que estaba lejos de ser la misma. Kilómetros de distancia donde conectar con los no presentes, los desconocidos y los que iban a mantener su mensaje, idéntico, mañana. Ésa era la diferencia, que no se trataba de una divergencia de intereses. Tan solo que −se decía ella−, mañana será lunes y habrá tiempo para preocuparse. Y como ya no se podía hacer nada (o ya se había hecho todo), ¿por qué dejar que robasen, también, esa noche de domingo? Sobre todo cuando, los dos, la necesitaban tanto.

viernes, 24 de junio de 2016

la posible imposibilidad

Tenía veintipocos años cuando intenté empezar a correr. Pese a ser joven, la viejunidad me invadía por dentro, reportándome un estado físico tan lamentable, que llegaba asfixiada  al aula de diseño de la facultad.  Tardaba un rato en recuperar el aliento después de sólo tres pisos de escaleras, lo que era una vergüenza; no sólo a la hora de hablar a los profesores con esa respiración sexy y encapsulada a lo Darth Vader, sino porque suponía una situación de penosidad desmedida en relación con el esfuerzo real al que me estaba enfrentando (tres míseros pisos en subida).

Aunque siempre he mantenido la esperanza de compartir la genética privilegiada de mi abuela (que es lo más cercano a la inmortalidad que conozco), no está bien relegar toda la suerte al ADN. Además, vivir muchos años en una forma tan decadente, no era apetecible.  Yo quería correr ligera cual cervatillo o, en su defecto, andar sin padecer contagio zombie. Algo digno, vaya, y, sobre todo, acorde con mi edad. Porque según esa línea evolutiva, ¿qué iba a ser de mi a los cincuenta? La visión de mí misma haciendo la croqueta para trasladarme de una habitación a otra, fue el punto de iluminación definitivo: iba a empezar a correr, sí o sí.

Un objetivo que (normal, por otro lado) resultó ser más inalcanzable de lo esperado. Porque como planteamiento parece sencillo: ponerse unos tenis, salir a la calle y dar un paso tras otro a una cierta velocidad. Obvié la aparición de esa puntada creciente en el costado que no sentía desde que tenía 8 años y llevaba dos horas haciendo acrobacias en el patio del colegio. Unida a una lluvia de puntitos estelares, de esos que nublan la vista y parecen augurar el traslado a una nueva dimensión. Por no hablar de la ausencia de oxígeno y el principio de infarto. Horrible todo. Aún recuerdo el trayecto exacto que hice y el infierno que me pareció.

Correr no era lo mío pero, por suerte, conseguí dar con actividades que sí me motivaban y que me ayudaron a ganar fondo físico. Fui mejorando y llevando una vida más activa sin apenas darme cuenta. Hasta llegué a participar en un par de carreras que terminé, con mi consecuente camiseta fosforito de recuerdo. Y ahí están, en mi armario, como prueba de que mi destino reptante ha sido anulado.


gato unicornio


Lo cierto es, que no tuve una conciencia real de mi progreso hasta el otro día, cuando salí a correr por el mismo trayecto que intenté años atrás. No sólo lo hice, sino que disfruté de ello y hubiera seguido más allá sin problemas. Me planteo repetirlo y superarlo en los próximos días, a modo de galletita cósmica-compensatoria con mi yo del pasado.

Es curioso como son los retos. No sé si le pasará a todo el mundo, porque admito que yo tengo una tendencia automática a infravalorarme y a pensar que no voy a ser capaz o que decepcionaré a todos, al inicio de casi cualquier cosa. Pero por otro lado, aunque me ponga en lo peor, lo compenso con trabajo. Siempre me había calificado a mí misma como una persona sin voluntad pero no es cierto. Cumplo lo que me propongo, aterrada e inmersa en la autocrítica, pero lo hago. Y cuando llego ahí, pienso: Bah, ¿y esto era lo que me preocupaba no conseguir? Así que intento recordarlo cada vez que un proyecto nuevo me paraliza, invadiéndome el deseo de abandonar. En un tiempo estaré preguntándome cómo era que lo veía tan imposible.

Lo mejor de estas victorias, es no parar de enlazarlas, porque así se aprovecha la carrerilla que da la euforia y el avance es mayor. Por eso este año no he parado de decir que sí o de intentar planes que creía imposibles. Algunos saldrán y otros no, pero de momento no me puedo quejar. Parece que vislumbro una salida, desconozco el punto final, pero estoy en movimiento y eso es algo que, hasta hace año y medio, no pasaba.

Siento si este post parece propaganda mística de autosuperación. Nada más lejos de la realidad. Porque una cosa es tener presente la valía personal a la hora de coger fuerzas para intentar algo y otra esperar que la solución o las mejoras, caigan del cielo, con la llamada a lametazos de un gatito en unicornio, a la puerta de casa. Hasta que se imponga ese formato acolchado de experiencias, tocará adaptarse y manejar realidades más inciertas y (oh qué pena) menos gatunas.   

lunes, 20 de junio de 2016

la perrolatría de marías

Hace tiempo que desterré las discusiones políticas y, mucho más, lo intentos de convencer a nadie. Todavía me entristece la actitud de tantísima gente en este aspecto y me frustran las injusticias que no dejan de producirse, sobre todo entre una clase política que se ha profesionalizado, distanciada de sus propósitos originales y de la gente a la que (no lo olvidemos nunca) representa. Estoy cansada de pedir un poco de coherencia y de poner esperanzas en un futuro que se anticipa negro. Si la gente quiere seguir votando opciones masoquistas que nos hundan, hundámonos. Me siento bastante derrotista en este punto, la verdad.

Por eso, cuando leo opiniones exageradas y envenenadas de pronósticos apocalípticos referentes a opciones que (y es así, por mucho que se empeñen en repetir el mantra), aún hoy, no han podido demostrar ser desastre alguno, directamente las ignoro. Aunque vengan de gente a la que admiro, (sobre todo si sobrepasan una cierta edad). Lo asumo como un efecto secundario de los años: un síntoma de la vejez del que no son responsables.

En esta línea, traté de mantener al margen las puntas crecientes que iba soltando Javier Marías en sus últimos artículos. Hay que ser justos con la trayectoria vital y no cargarnos de golpe todo el crédito de alguien porque en sus últimos años tome posturas que no nos gusten. Pero una cosa es la discrepancia en intención de voto y otra la exaltación gratuita de la intolerancia.


Estoy hablando del último artículo, publicado en el País, del señor Marías, que ya empieza a hacer sangre desde el título: Perrolatría. Avanzaba los párrafos esperando encontrar una postura que suavizara las barbaridades que no dejaban de enlazarse. Vamos, Marías, déjame salvarte. Pero no, no hubo forma. El mal cuerpo me atragantó el desayuno, y la decepción, no sé si me irá algún día. Esa constante enfatización de lo “peligrosos” y “dañinos” que son los perros, a los que equipara con pistolas y puñales. Seres dispuestos a asesinar tras un guiño de su amo. Sanguinarios, sucios, molestos, ¡una plaga directamente! Lo único que me demuestra es que:

1)     No tiene ni idea de perros. A los que habrá visto de lejos, con repugnancia, imaginando historias paranoicas de conspiración asesina (vaya ángulo malo con el que mirar).  

2)     Chochea. Porque el que se permita hacer una referencia barata a Hitler (entre otras cosas), es de una bajeza tan representativa de falta de argumentos que, viniendo de alguien al que tenía por inteligente, sólo me deja la opción de la demencia. Dios mío, la tercera edad, qué mala es.



Podría entender que el problema de Marías con los perros, no fueran los perros en sí, sino la falta de educación. Yo los adoro pero también me molestan sus ladridos en bucle frente a un dueño impávido (y posiblemente sordo) o andar a saltos por el césped porque aquello es un campo de minas. Pero entiendo que el problema no radica en tener que cohabitar con ellos en la ciudad, sino el hacerlo con unos dueños que se saltan a la torera los principios de civismo y cortesía.

Lo mismo que ocurre con los niños que gritan y alborotan como posesos, cuyos padres no hacen ni el intento de poner orden. Me molestan pero lo hago sin perder el norte sobre la raíz del problema o lanzarme a pedir la erradicación de la infancia porque, oh qué dolor de cabeza dan ALGUNOS niños.  

¿Y los fumadores en las terrazas? Preferiría un mundo sin humo pero entiendo que en un espacio abierto (aunque el tabaco me llegue igualmente), tengamos que tener cabida todos. Sería un detalle no dejar el cigarro constantemente posicionado hacia mi mesa, contaminándome a mí y a mi plato, pero eso no me otorga el poder de amputar brazos o esperar que se prohíba un vicio que (ironía), de ninguna de las maneras, hace bien a nadie.

Creo en una libertad responsable y bien formada, la cual trae sus contras porque es imposible asegurar la responsabilidad y la formación, pero soy partidaria de asumirlos, esperando que el tiempo los reduzca. Por eso no espero que los desconocidos aguanten el vaho de mi perro en la cara durante un trayecto en transporte público o que tengan que quedarse de pie porque el mío ocupa un asiento. Ojalá se los admitiese en la guagua como ya ocurre (sin que nada haya estallado) en otros países pero, de momento, no tengo esa opción. Y ojalá hubiesen más playas donde poder llevarlos, porque con unos dueños responsables, su presencia sería mínima. Más generadora de sonrisas que de inconvenientes. El resumen es la educación. Es que no hay más. 

El artículo de Marías no parece apuntar en este sentido, sino en enumerar todas las cargas de tener un animal: que ensucian, que (nos) enferman, que cuestan dinero…Enorgulleciéndose de poner en duda el que puedan necesitar tratamiento psicológico. Pues no, no es que los perros tiren de psicoanálisis tumbados en un diván pero muchos han sufrido lo bastante como para arrastrar secuelas de por vida; con problemas de ansiedad por maltrato, abandono, atropello y, en ocasiones (como mi perra), todo junto. Así que tanto entrecomillado suspicaz, me sobra; a mí y a cualquiera que haya visitado una perrera o hablado con un adoptante alguna vez. 


perro, perrolatria, javier marias


Las tirrias personales de cada uno son eso, personales y de cada uno, así que no tenemos por qué aguantarlas. El que odie a los perros, los gatos, las gaviotas, los niños, el césped, el sol o el color azul, tiene un problema. Salvo que pueda permitirse comprar una isla desierta o cientos de hectáreas a la redonda, nos va a tocar convivir, y eso supone respetar pero también hacer concesiones. Volvernos intransigentes, queriendo imponer nuestro minucioso credo al resto, no sólo es inviable sino que además, nos hace peores personas. Y eso sí que sirve de medida, señor Marías (ya que lamentaba la relación entre bondad y propietarios de perros).

Siempre he entendido la sensibilidad como un concepto global y no algo afín a receptáculos aislados, que permiten retirarla completamente y al gusto, según intereses subjetivos. De ahí la pena. Porque esta ausencia de empatía tan clara, me hace plantearme mi admiración. Por una falta de juicio tan evidente a la hora de expresar una animadversión que, aunque lícita, es fruto de la amargura que da el desconocimiento y la intransigencia. De modo que tendría que haberla expresado en un círculo íntimo si quería pero no a modo de protesta en un medio tan visible, donde lo único que fomenta es la separación y el odio. Ha sido la gota que colma el vaso y temo que éste sea uno esos puntos de no retorno donde, difícilmente, nada volverá a ser lo mismo. 

Precisamente, en mi último artículo para CanariasAhora hablo de los animales y sobre como distintas investigaciones científicas les conceden rasgos que los humanos llevábamos siglos creyendo propios y en exclusiva. No son meros autómatas y aunque no seamos iguales (ni falta que hace), nuestro egocentrismo está destinado a acabarse. Estoy segura de que en el futuro se descubrirán más cualidades, sentimientos y otros síntomas de inteligencia y "humanización" en el reino animal, lo que nos quitará la superioridad moral con los que los tratamos y empezaremos de verdad a protegerlos. Porque cada especie ha llegado hasta aquí con una línea evolutiva diferente, pero nuestro origen es el mismo. Menospreciarlos a ellos, es negar nuestras propias capacidades que, si son superiores en cuestiones de ética, deberían traducirse en un respeto real. Compartimos planetas, no nos pertenece.